Vasconcelos en MazatlánVasconcelos en Mazatlán

En nuestra ciudad el maestro de América vivio la esperanza y la desolación en el transcurso de un año

En los últimos días de 1928, cuando la campaña presidencial de José Vasconcelos tomaba forma de cruzada moral por el país, el sur de Sinaloa se volvió un foco de fervor popular. Su llegada a Mazatlán no fue un simple acto político, sino una procesión cívica, casi religiosa. A lo largo del trayecto, entre charros de El Quelite, comités de bienvenida, banderas agitadas por el viento del mar y murgas improvisadas, el pueblo mazatleco parecía abrirle paso como a un profeta moderno.

En un balcón adornado con bugambilias, rodeado de antiguos maderistas y simpatizantes, Vasconcelos tomó la palabra. Era Navidad, y el tono de su discurso se tiñó de esperanza y redención. Habló del Cristo que trae paz, de la necesidad de concordia y del deber de recuperar el voto como instrumento de dignidad.

Vasconcelos en su toma de Protesta

Un grito lo interrumpió desde la multitud: «¡Cuidado con la bondad, no le pase lo que a Madero!» Vasconcelos sonrió, con esa mezcla de serenidad y tristeza que le era tan propia, y siguió hablando, sabiendo que esa sombra —la traición a la democracia— aún rondaba sobre México.

Fue en Mazatlán donde su movimiento encontró uno de sus impulsos más sólidos: la colecta para su campaña reunió más dinero que en cualquier otra ciudad del país, y sus seguidores transformaron el tema “Me importa poco” en himno político, interpretado con solemnidad por músicos locales en actos masivos. En los cafés del malecón, en las plazas, en las casas de familia, no se hablaba de otra cosa: el Maestro había llegado.

Pero fue tierra adentro, en el rancho Las Chicuras, donde el corazón de la campaña vivió uno de sus momentos más humanos.

Las Chicuras: tierra y espíritu

Allí, en ese rincón de Sinaloa donde el verdor se mezcla con la brisa cálida del trópico, la familia Lizárraga lo recibió como a un redentor. Al frente estaba Nacho Lizárraga, joven abogado sinaloense, marcado por la tragedia: su hermano había sido asesinado por el régimen, y la herida familiar se convirtió en fuego para la causa.

La madre de Nacho, mujer de temple y fe católica profunda, salió a su encuentro en el lindero del rancho, acompañada por señoritas que llevaban ramos de flores. Cuando comenzó su bienvenida, su voz se quebró y no pudo contener el llanto. «Mi hijo murió por esta patria, y hoy la recibimos a usted como a la esperanza misma», dijo entre lágrimas. Vasconcelos, conmovido, no necesitó decir palabra: el silencio selló el pacto espiritual entre anfitriones y visitante.

Nacho Lizárraga, Diputado por Mazatlán unos años despúes de conocer a Vasconcelos

La casa de los Lizárraga se transformó en centro de operaciones, refugio y templo. Más de cincuenta personas compartían el pan bajo los arcos del patio convertido en comedor. Se tocaba música vernácula, nunca jazz ni frivolidades extranjeras. La orquesta más respetada de Mazatlán acudió a rendir homenaje, y cuando ejecutaron el tema de campaña en versión orquestal, muchos se pusieron de pie. El rancho se había vuelto símbolo de un México posible, justo y libre.

Allí, Vasconcelos pasó la Navidad. Desde Mazatlán, sus colaboradores habían llevado juguetes para los nietos de doña Lizárraga. El ambiente era sereno, casi mágico, como si el país por unos días hubiese recobrado el alma.

Mazatlán y Las Chicuras: el clamor del norte

Cuando llegó el momento de partir hacia nuevos destinos, cientos de campesinos se comprometieron a seguirlo. Muchos se preparaban incluso para luchar, si el voto les era arrebatado. Pero en Mazatlán y Las Chicuras no se hablaba de violencia, sino de dignidad. La campaña vasconcelista no era sólo política: era un movimiento espiritual.

“En Sinaloa”, escribió Vasconcelos más tarde, “sentí por primera vez que el pueblo estaba verdaderamente con nosotros”. Y en Las Chicuras dejó algo más que palabras: dejó sembrada una esperanza.

Casa en las Chicuras donde habría estado Vasconcelos

El día sin rebelión

Mazatlán amaneció encendido de sol aquel 17 de noviembre de 1929. Era el día de las elecciones, el día prometido, el día en que el pueblo —según la esperanza vasconcelista— saldría a defender con dignidad su voto, y tal vez, su libertad. José Vasconcelos lo esperaba como quien aguarda un despertar nacional. Pero lo que encontró fue un silencio más elocuente que las armas.

Aquel día, Vasconcelos abordó el tren rumbo al norte, rumbo a Guaymas, acompañado de sus hombres más cercanos. Desde allí planeaba reingresar por la sierra si estallaba la rebelión. Pero desde el vagón pudo ver que algo profundo había fallado:

«El pueblo de Mazatlán votó ese día con lealtad, aunque sabía, veía cómo era destruido su voto por las autoridades.»

La decepción fue lenta, dolorosa, como lluvia que cala. El plan que tanto había acariciado —una insurrección cívica que comenzaría en Sinaloa— no se concretó. En lugar del estallido, encontró tibieza, represión disfrazada de orden, y un pueblo inmovilizado por el miedo y el desencanto.

Mazatlán, 1929. Un camión con un letrero de apoyo

La noche anterior, las calles de Mazatlán no vibraban con el espíritu rebelde del año anterior. Lo que sonaba era la misma música de los papaquis que se tocan durante el carnaval y no el himno vasconcelista. Vasconcelos comprendió, con un nudo en el pecho, que el alma del pueblo había sido distraída y domesticada:

«Comprendí por fin el desastre, cuando pasando una noche por el corredor… percibí una conversación muy viva acerca de los preparativos del carnaval. En Mazatlán se celebra esta fiesta con bastante animación, y en vez del himno de guerra vasconcelista del año anterior, la música de los papaquis comenzaba a embriagar a la ciudad.»

Como si fuera poco, los grupos armados del gobierno, pistoleros en camiones del municipio, merodeaban los balcones de sus simpatizantes, gritaban injurias y disparaban al aire para infundir miedo. Las casas de quienes le habían dado asilo eran hostigadas con burletas y amenazas

El pueblo, el que para el oaxaqueño era famoso por su altivez, parecía ahora resignado a ser espectador del fraude. Vasconcelos, desilusionado, se preguntó amargamente:

«Y ése era el pueblo famoso en la República por su altivez, su devoción a todas las buenas causas. ¿Cómo estaría el resto de la población?… Poniendo el lomo para el azote; luego, alzándose ufana para proclamarse libre e independiente…»

En esos instantes, comprendió que no habría levantamiento. Que el pueblo mexicano, herido pero pasivo, permitiría una vez más que le robaran la voz. Así se desvaneció el sueño de una insurrección cívica. No por falta de ideas, sino por exceso de miedo y por el peso inmenso de la costumbre de obedecer.

El Mazatlán de 1929 que vio Vasconcelos, Foto original a color

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